Tú, como muchos otros, probablemente asocias la palabra ternura con la expresión efectiva y delicada del amor. Tal vez te hace evocar escenas en las que una madre tiene a su bebé entre los brazos, le lanza miradas tiernas, le dice palabras afectuosas y lo toca cálida y delicadamente con sus manos. Hablar de la ternura de Dios significa reconocer que Él nos ama de mil formas. Nos ama, en primer lugar dándonos la vida. Luego nos ayuda a procurar lo necesario para vivir, desplegando los talentos personales, las capacidades de pensar, sentir, decidir y actuar, que nos ha dado. Nos capacita para relacionarnos con los demás, de manera que podamos intercambiar comprensión, afecto, ayuda mutua, amistad, amor. Más que nada, se nos revela Él mismo amoroso y generoso, dispuesto a compartirnos su paz, su alegría, su amor y su ternura. Y por si esto fuera poco, se nos da Él mismo como manantial de todo bien, de toda felicidad y de todo amor. Testigos de la ternura de Dios son los místicos de las grandes religiones. Ellos merecen el nombre de místicos porque han experimentado o han sentido el Misterio eterno. Han saboreado el perdón del Padre que, cuando alguno de sus hijos se acerca, corre conmovido, lo abraza y lo colma de besos (Lc 15,20). Los místicos por consiguiente, hablan no tanto de los dogmas contenidos en su fe religiosa, sino de la experiencia de esa fe que profesan. Uno de ellos es el carmelita descalzo san Juan de la Cruz.